Caras

Tocas el timbre. Esperas unos minutos, pero nadie parece haberlo escuchado. Aún así, vuelves a tocar. Esperas que se apuren, las nubes ya están soltando su pesada carga sobre la ciudad. Antes de que des la media vuelta para irte, se abre la puerta. Te recibe una sombra. Al acercarte, observas que es una mujer diminuta.

—Tú debes de ser la amiga de Marcela —dice sonriente mientras te deja pasar—. Perdón por hacerte esperar, pero no estamos acostumbrados a recibir visitas.

Se abre frente a ti un pasillo y la sigues, los pasos de las dos golpeando sordamente contra el suelo. Las oscuras paredes son hogar de muchos cuadros, pero no te detienes a observarlos, hipnotizada por la mesa que se adivina al final y lo que en ella está puesto.

Llegas a ella y se abre a su alrededor una estancia amplia, circular. Dos puertas laterales salen de ésta, conduciendo al resto de la casa. Mientras volteas a ver los lienzos que la adornan, la mujer solo agrega:

—Le voy a decir que ya llegaste.

Dejas tu mochila debajo de la mesa al mismo tiempo que ella desaparece detrás de la puerta a tu derecha. En el centro de la mesa hay un busto de mármol marquina que encierra la estoica expresión del músico sordo. Te hace sentir incómoda su impasividad o, tal vez, es lo realista de sus ojos lo que te hace pensar que te ve directamente.

Con un encogimiento de hombros, le quitas la mirada por miedo a que comience a hablar. Detrás de él hay un díptico, cuyas partes están compuestas por un paisaje que absorbe la última luz del día detrás de unas montañas. En el lado derecho, nítido contra la brumosidad característica de los álgidos picos de los relieves terrestres, un vaso. Su proporción no corresponde al paisaje, sus líneas tampoco. Pareciera que el pintor lo ha dejado ahí, todavía con su pincel adentro, para ir por un trapo y limpiar la gota de agua que mancilla la ladera de la montaña más alta. Crees que esta pintura es un intento por suplir la falta de ventanas en el cuarto.

Rodeas la mesa y te acercas a el díptico. Miras a la izquierda de éste y te encuentras con el desnudo de una mujer despeinada. Sus ojos son dos amplios botones negros que parecen absorber la luz de la habitación. Miras a la derecha y te topas con el perfil de un viejo cuya barba se pierde en los márgenes del marco dorado. Sobre la cabeza lleva un sombrero rojo que resalta sobre un fondo añil.

Sientes que alguien te mira desde atrás. Giras rápidamente pero no hay nadie. Solamente hay otros dos cuadros, también con personas, que adornan las paredes laterales al pasillo que conduce a la salida. El cuadro a tu derecha es de un músico con la mirada cubierta por una sombra, como una venda, ocasionada quizá por el sombrero que trae en la cabeza o por alguna otra razón mucho más siniestra. Lo mira directamente una mujer cuyo retrato está a tu izquierda. Tiene un perfil difuminado por el carboncillo. Parece como si su creador sólo hubiera querido capturar su alma. No entiendes quién podría tener cuadros como esos en su casa. No esperas el momento de regresar a las paredes blancas de la tuya.

Vuelves a girar, te parece que la bruma del díptico se ha extendido. La imposibilidad de ese pensamiento te hace acercarte al lienzo. Estiras tu brazo sin pensarlo. Una fuerza externa te lleva a la necesidad de recorrer con tus dedos la superficie del paisaje. Te detienes a unos milímetros, apenas rozándolo.

–Lo puedes tocar si quieres.

Das un paso hacia atrás y chocas con un cuerpo a tu espalda. Volteas y tienes que subir la mirada para ver al propietario de la voz.

–Disculpe. No era mi intención...

–No te preocupes. Ese en particular es placentero al tacto.

Su forma larga y huesuda desentona con la gravedad de su voz. Consigue al hablar que la estancia no se sienta tan vacía, que las pinturas no se vean tan amenazantes.

–Tú debes de ser la amiga de Marcela.

–Sí, señor.

–Con más razón puedes tocar los cuadros. Siéntete en tu casa.

–No, cómo cree.

–Sí, para eso están, para tocarse.

Toma tu mano sin preguntarte y la pega al cuadro. No notas la diferencia entre el lienzo y la palma del señor. Volteas y te está mirando directamente. La profundidad de su mirada es perturbadoramente similar a la de los personajes de las pinturas que los rodean. Sientes un escalofrío recorrer tu cuerpo. Él parece sentirlo también y sin más palabras suelta tu mano y sale rápidamente del salón. Solo alcanzas a escuchar la profunda voz decir:

–Ya no tarda Marcela.

Por primera vez, sientes miedo. Caminas hacia la mesa y te agachas para recoger tu mochila. Escuchas un susurro. Piensas que por fin llegó Marcela, pero al levantar la mirada te topas cara a cara con Beethoven. Ha girado completamente el rostro para mirarte de frente. Tu corazón se acelera e intentas convencerte de que esa es su expresión original. Al levantarte y dirigir tu vista a las demás obras de arte, te das cuenta que todas te están mirando directamente. El susurro se hace más fuerte, como si el lugar estuviera lleno de personas. Todo se ha vuelto más grotesco.

Corres hacia el pasillo. Los ojos de aquellas pinturas que no te habías molestado en mirar te siguen mientras corres. No recuerdas que el pasillo fuera tan largo. Sigues corriendo pero parece como si éste se extendiera bajo tus pies. Es como una de esas pesadillas de las que no puedes despertar.

De pronto, algo te hace detenerte y regresar. Miras el cuadro y caminas hacia él. El poco control que tienes sobre ti hace que pellizques tu brazo, rogando que todo sea un sueño. Como la mayoría de las cosas, lamentablemente no lo es. El ruido llega a su final, la habitación queda en completo silencio. Tu mano se estira y tocas el cuadro.

Crees que todo ha terminado, que despertarás fuera de ese juego mental. Abres los ojos poco a poco, pero las tétricas paredes están frente a ti. Vuelves a cerrarlos y entiendes que esto es real. Cuando vuelves a abrir los ojos, tu cuerpo, como un reflejo, te está observando. La pequeña sombra que te abrió la puerta le toma la mano y lo dirige al pasillo. Tu cuerpo sale tambaleándose como una carcasa vacía. Intentas gritar, pero no puedes decorar el silencio de una imagen con tus palabras. Marcela por fin entra al salón, camina hacia ti y te saluda.

 

 

Escrito por: Regina Checa, Mariana H. Ampudia

Ilustración por: Martha Saint Martin