Entrevista a Cristina Rivera Garza

Entrevista a Cristina Rivera Garza Marta Calvo

En el marco de la reedición de “Andamos perras, andamos diablas'', las y los integrantes de la Revista Celdas Literarias, decidimos entrevistar a la escritora y ensayista Cristina Rivera Garza. El diálogo ocurrió vía videoconferencia el día martes, 15 de febrero de 2022. Con la participación del Director de la Revista Celdas Literarias y Director del Colegio de Filosofía y Letras de la UCSJ, el Doctor Fernando Montoya. De igual forma, el encuentro tuvo como partícipes a Ana Claudia Quintana, Heidi Carballido y a Kenya Rivera, estudiantes de la Licenciatura en Escritura Creativa y Literatura y miembros del equipo editorial de la revista.

CL: ¿Cómo revisitas andamos perras, andamos diablas, después de tantos años de ser escrito y cúal fue tu proceso de reedición?

CRG: Me da mucho gusto que estén leyendo, especialmente, este libro porque, de hecho, es el primer libro que escribí. Había escrito cuentos, algunos en publicaciones, sobre todo, de la Ciudad de México. Pero, la primera vez que me atreví a mandar un texto a un premio nacional, que es una costumbre a la que se recurre mucho cuando estás empezando a escribir. Pues lo que hacíamos y siguen haciendo los jóvenes escritores, es mandar su libro a un concurso y eso es lo que yo hice. Cuando estuve poniendo todos mis cuentos juntos, me di cuenta que había un hilo, que iba de uno a otro y que es este personaje; Xian, de un hilo todavía más grande, que es la Ciudad de México. Yo no veía con la claridad, que veo ahora, los temas más sobresalientes; había una crítica frontal hacia el amor romántico, claro que lo percibía pero se me hacía menos central, de lo que es ahora, en una lectura después de tantos años.

Son mis primeros cuentos, como lo dije en el prólogo que escribí para esta reedición, hay cosas que tuve que ir puliendo; errores básicos; unos de perspectiva; algunos de sintaxis, cosas por el estilo. Pero no quise corregir mucho, tampoco. Porque quería que se conservara esa frescura y esa fuerza, sobre todo, de lo que es un primer libro en cuanto a tal.

El proceso de edición fue muy cauteloso en ese sentido. Había algunas cosas que mientras revisaba yo decía “Oh, no cómo se me pudo haber pasado esto”, que me parece ahora tan obvio. Pero también había cosas que yo decía “Wow”. Llegan ciertos puntos, en los que ahora yo, por ejemplo, soy más negrosa.  Hay pros y contras a la hora de estar revisando este libro, lo que me di cuenta, como ha señalado Nicolás Cabrera en una reseña que escribió, es que, muchos de los temas que seguí tratando, muchos de los hilos, muchos de mis campos de investigación o exploración,  ya están presentes en este libro.

Me dio mucho gusto que Dharma Books estuviera de acuerdo en reeditar; me parecía que era un libro donde todavía se podía dialogar con el presente, que de hecho, dialoga mejor con el presente, que cuando fue publicado. Por eso decidimos hacer el cambio de título, Esta guerra no importa, que era su título original, un título mucho más desesperanzado, un título en que el futuro se veía más oscuro, sin posibilidad de movimiento o transformación, que es mucho como veía el mundo en ese entonces de la ciudad.

Todos estos años después y con un  movimiento feminista tan fuerte, con una crítica que viene desde las movilizaciones de mujeres, a lo largo y ancho del país y del mundo. Pero estamos más juntas, hay una atención que estamos ganando que me parece fundamental, y hay una rabia que está adquiriendo un lenguaje oportuno, preciso y convincente. Todas estas cosas, tienen que ver, y más que no me acuerdo en el proceso de edición.

El publicar a veces es más una decisión externa que interna, hay fechas límite,  hay que entregar cosas, hay nuevos proyectos. Rara vez, al menos en mi caso, algo es inamovible, que ya llegó este punto final y ya no le puedo mover nada. Si yo pudiera, cada vez que reviso mis libros o, cada vez que me piden que haga una lectura, los corregiría, cada vez les cambiaría el título, les cambiaría cosas.

A lo largo de los años, he ido publicando y publicando libros, y creo que si me saliera con la mía, cada nueva edición, cambiaría títulos y cambiaría cosas. Lo he hecho, sobre todo las traducciones al inglés; hay libros que son casi una reescritura completa. La publicación hace que, artificialmente, se cierre un proceso que realmente nunca se cierra. Yo creo que cambia de cauce, que puede cambiar de énfasis, pero lo que respecta a mi trabajo, creo que hay continuidades que van desde estos cuentos andamos perras, andamos diablas, hasta mi más reciente libro. Creo que la conexión fue tal, que es gracias al libro, “El invencible verano de Liliana” que tiene como resultado, la reedición de este libro de cuentos.

Aunque cada libro es una unidad, en mi caso, estos libros están unidos, están concatenados. De unas maneras a veces directas,  a veces indirectas, más o menos notorias, pero forman parte de un campo de exploración que los va poniendo juntos y, para mí, eso es fundamental. La posibilidad de quitarle la definitividad a este punto final; a esas tres letras “F”, “I”, “N”, me encanta; es mucho trabajo, es continuamente estar revisando una y otra vez, pero de eso se trata escribir; un asunto menos glamuroso de lo que a veces nos hacen creer, por cierto.

 

CL: ¿De alguna forma tu novela fragmentaria/ antología de cuentos lleva al terreno de la literatura la consigna “lo personal es político”?

CRG: Yo creo que la novela y la literatura en general, nos permite abordar y explorar lo personal en interconexión con lo comunal. Es tal vez, uno de los pocos espacios y prácticas que nos permiten hacer una producción detallada e íntima de esas interconexiones constantes.

En el asunto de género, que a mí me ha importado desde muy al inicio de mi carrera; menos como un asunto principista y más como un enigma, de hecho. Si lo pueden ver en andamos perras, andamos diablas, hay una serie de descripción de escenas que ahora debemos escribir e interpretar muy fácilmente; tenemos un lenguaje muy consciente en violencia de género; “esto es acoso”, “esto tiene otros nombres”. En mis cuentos, están las escenas, el material en bruto, tiene un código muy realista.

Esencialmente, creo que la literatura nos permite, problematizar, nos permite observar en gran detalle a través de nuestro sistema de percepción que implica todos los sentidos. Lo que vemos en mi libro, son muchas de estas escenas todavía, sin el tipo de actualización o catalogación que podemos tener ahora; yo creo que ahí hay un interés muy crudo, nada principista, más bien, tratando de explorar como un estilete en la serie de relaciones que van delimitando a las relaciones, con frecuencia violentas, entre los géneros.

 

CL: ¿Cómo escribir desde una convivencia machista que parece sobrepasarnos constantemente?

CRG: Dos cosas, para mí la escritura siempre es una práctica crítica de lo que nos rodea, del espacio, del territorio en el cual se produce. La escritura que a mí  más me interesa es esa, la que siempre pone en cuestión las mismas circunstancias que hacen posible la producción literaria, por decirlo así. Entonces, mucho de lo que yo he escrito, aspira a llevar a cabo esta serie de subversiones internas de oposiciones, de negociaciones; que son todas estrategias, que en todo caso, se articulan con el poder.

Ahora bien, de lo se menciona como estado patriarcal, me parece que hay un montón de cosas que podemos hacer y que se están haciendo. Nosotras como escritoras, lidiamos muy de cerca con un arma muy humilde y muy poderosa que es el lenguaje y es un lenguaje que compartimos con comunidades enormes de hablantes, de practicantes, de vivientes de esas lenguas. Creo, que poniendo mucha atención; afinando mucho el oído, percibiendo con gran sensibilidad lo que está en nuestro entorno y lo que nos atraviesa, así es como ciertos trabajos, denominados como literarios, también se salen del canon y entran en un diálogo muy directo, muy orgánico y muy corporal con otras series de críticas y movilizaciones. Se le llama ahorita con mucha pompa al “Boom femenino”; y yo creo, como muchas de las escritoras que han sido catalogadas dentro de este título y han sido críticas del mismo, que hay muchas mujeres que son muy buenas escritoras y títulos como este a veces esconden, una práctica mucho más amplia. Menciono esto porque me parece que leemos con cuidado a Luisa Puga, a Inés Arredondo, en fin, a muchas escritoras que nos han ido ayudando a construir, este lenguaje; a poner frente a nuestros aparatos de percepción escenas de las que el patriarcado y sus aliados, preferirían que se mantuvieran en la invisibilidad, que les garantiza la naturalidad; son cosas que tenemos tan enfrente que no las vemos, no porque no estén ahí, sino porque siempre están presentes y parecen parte del inmobiliario, parte de lo estructural.

Me parece, que con la gran crítica a la escritura, debemos, en primer lugar, afinar esta capacidad de percepción, y producir un lenguaje a través del cual seamos capaces de identificar claramente muchas de las relaciones y prácticas en las que estamos metidas, y, ya hecha la edificación, prepararnos y protegernos para el futuro.

 

CL: Teniendo en cuenta la sororidad entre los personajes femeninos, ¿Tiene sentido mantener esta resistencia ante una sociedad que se empeña en seguir oprimiendo la lucha de género?

 CRG: Qué bonita pregunta porque una de las relaciones más importantes que se va desarrollando a lo largo de andamos perras, andamos diablas es precisamente la amistad, la complicidad de la amistad como una fuerza que va a contracorriente del amor romántico, lo que existe entre Xian y Terri por ejemplo, lo que se mantiene incluso en la posibilidad de conversaciones entre Xian y  Cristóbal es algo que va más allá del amor romántico y lo critican que es la confianza y la complicidad sobre todo con Terri, pero como quiera hay una apuesta por una relación afectiva igualitaria aventurera y venturosa, que es este pacto entre mujeres o la posibilidad que puede existir y de la amistad en cuanto la complejidad del término de la relación pues justamente no solo está en contra del pacto del amor romántico sino del pacto de la masculinidad del que nos habla también Rita Segato, es un pacto de control y un pacto de dominio que por múltiples formas de violencia que mantengan la disparidad de género, por otra parte, la complicidad va mucho más allá, escarba y pasar por debajo de esas estructuras y me aparece que en una potencialidad, ya que muchos grupos feministas y colectivos en sus  muchas formas han ido explorando; yo recuerdo que hace poco, hace un par de años cuando estuve en alguna reunión muy inicial del movimiento del #Metoo me acuerdo que Carla Faesler sacó a colación esta frase tan trillada “mujeres juntas ni difuntas” deben de haberla oído, espero no tan seguido como yo lo hice, que nos hacían creer que las posibilidades de solidaridad entre las mujeres siempre recaen con relación a un hombre, a un sistema generalizado, también recuerdo que eso se convirtió en “mujeres juntas, mar abunda” para darnos un eco de fuerza y de hospitalidad, que me parece muy importante, yo creo que si vamos a hacer política por fuera de estas estructuras manidas de los partidos y por fuera de todas estas corruptelas pues tenemos en la en los lazos afectivos y en los lazos de cuidado en una vitalidad que tiene gran potencialidad.

 

CL: Si tenemos en cuenta que mucha de la lucha feminista quiere romper con las ataduras del amor romántico, ¿cómo se puede hablar de amor sin caer en el mandato romántico-heterosexual?

CRG: Tenemos muchos ejemplos, estoy tratando de pensar en libros de amor que inviten a una lectura crítica de las relaciones del amor romántico. El libro del verano de Tove Jansson traducido por la editorial independiente Minúscula, por ejemplo. Era un recorrido de una belleza exultante, de oraciones largas preciosas donde  ponía, no solo en duda, la vigencia del amor romántico, sino, ponía en la mesa de las posibilidades, otros tipos de amor; relaciones mucho más libres, no monogámicas, no verticales, no necesariamente heterosexuales. Me parece que algo así se requiere. Hay una búsqueda muy grande en este aspecto por lo poliamoroso, en toda la obra de Gabriela Wiener, también en Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara, cuyos últimos títulos son todos una reconfiguración de prácticas amorosas no binarias, comunales como  corresponden a pueblos indígenas o como lo que ella está reescribiendo con probabilidades de pueblos indígenas en el sur de Argentina.

Creo que nos queda una gran tarea por hacer, creo que hemos leído demasiados libros escritos por varones que viven en ciudades, blancos y burgueses que usualmente, solo nos hablan, a veces de manera no crítica, del amor romántico. Nos falta explorar todas las relaciones de cuerpos disímiles y gozosos que con su propia práctica están poniendo en cuestión el mundo en el que vivimos hoy.

 

CL: Cómo puede, la novela, ser una herramienta para las nuevas generaciones de mujeres escritoras que buscan trascender los esquemas dados por la literatura mexicana de antaño.

 

CRG: Déjame empezar primero por el uso de la palabra “herramienta” y estoy totalmente de acuerdo, en tanto a su materialidad; menos de acuerdo en el sentido de que sea subsumida a la misma palabra, porque me parece que lo que la escritura nos ofrece no es nada más que sirva. Yo creo que los libros que han cambiado mi vida, me han ofrecido siempre es un nuevo mapeo del mundo, me han dado nuevos datos para  mi sistema de percepción; para mi olfato, para mi oído, para mi sentido del gusto, para todo. A través de la creación detallada de las escenas, que es como vamos creando estas narrativas. La aportación es, precisamente, cómo vamos ampliando nuestros mundos internos y externos, a través de la alteración de nuestra percepción. Tiene un valor político porque incide en relaciones de poder muy fuertes.

Creo menos en un trabajo de la escritura como si fuera “el lacayo de” o como si sirviera a una causa específica. Eventualmente, y desde su origen, todo trabajo de escritura que esté lidiando con un lenguaje que compartimos con otros, tiene un impacto de  incidencia enorme y eso, significándolo un poco, puede servir para confirmar el estado de las cosas o para llamar a su crítica completa. Esa es la gran capacidad de la escritura, el apelar a nuestro sistema de percepción para ampliar, subvertir, criticar materialmente el mundo en el que estamos; en meterse con esa relación entre cuerpo y territorio, me parece que es lo más virtuoso que la escritura nos puede dar. Esto, en relación con las relaciones de poder que nos cruzan, las patriarcales, pero también la relaciones de clase, raza; hay una multiplicidad de relaciones, ante las que tenemos que estar tan atentas, como las relaciones desiguales de género. Todas nos cruzan, todas son relevantes y ante todas hay que dar la batalla.

 

Cristina Rivera Garza. (Matamoros, 1964) Doctora en Historia Latinoamericana, ha sido profesora de varias universidades en México y EE.UU. Ha obtenido una gran cantidad de premios nacionales e internacionales, como el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 1997, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2001, el Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo 2001 y el Premio Internacional Anna Seghers 2005. Entre sus novelas están Nadie me verá llorar, La cresta de Ilión, Lo anterior, La muerte me da, Verde Shanghai, Autobiografía del algodón, Había mucha neblina humo o no se qué, El invencible verano de Liliana. Su obra ha sido traducida al inglés, al portugués, al alemán, al italiano y al coreano. Actualmente, es profesora de Creación Literaria en el Departamento de Literatura de la Universidad de California, en San Diego.