03 Jul 2019

De chile, dulce y manteca: ¡Tamales!

Por Enrique Alonso.

Gastrónomo.

 

 

 

Nuestra relación con el maíz y su fruto es ancestral, nutricia, ideológica y sagrada. Somos gente de maíz, no sólo porque en gran medida consumimos una dieta basada en productos de sus derivados, sino porque hemos fundamentado nuestras cosmovisiones y cultura en torno a él, además de haber sido hechos con la masa que las deidades prepararon durante la creación.

 

Mientras que algunos antropólogos, paleógrafos, arqueólogos, historiadores y diversos personajes de la investigación dialogan sobre el origen del tamal, puedo decir que es uno de los alimentos y platos más representativos de México.

 

Podría atreverme a pensar que sabe a nosotros. ¡Sí, a nosotros!, habla y dice tanto de lo que somos, creemos, de lo que pensamos, de cómo nos alimentamos y hasta de nuestras costumbres.

 

Según los registros, las culturas asentadas en Mesoamérica fueron pioneras en la producción del maíz; y sobre todo, en descubrir y practicar los más añorados e ingeniosos métodos de cocción de este cereal. Siendo así, que hasta nuestros días, podemos sentirnos orgullosos de este grano, pues es el de mayor producción en el mundo, justo por encima del trigo de los europeos o el arroz de los asiáticos.

 

De acuerdo a las viejas leyendas mayas, con la mazorca del maíz se formó a la primera mujer y al primer hombre. Este es un gran ejemplo del vínculo que los mexicanos hemos construido a través de los años y que desde la época prehispánica, este producto seguirá presente en nuestras costumbres culinarias.

 

 

 

Gran ejemplo de ello, es el tamal: Un envuelto de masa, cocinado al vapor y relleno de alguna preparación. Es un producto tan tradicional, que además es consumido por casi todas las clases sociales de México, generalmente cuando inicia el día, pues es rico en energía.

 

Los tamales mexicanos son tan exquisitos, nutritivos y particulares, que otros países han adoptado la ingesta de los mismos. Aunque está claro, que lo han hecho con algunas variantes, si de ingredientes se trata.

 

En México, los más comunes son de hoja de maíz seca o totomoxtle, en hoja de plátano, en hoja de elote (fresca), en hoja acelga, entre otras, aunque existe una gran variedad de versiones e ingredientes con los que se pueden preparar y las diferencias más notables, son cuando nos situamos por región: Los hay de masa batida, de masa revuelta, especiales, de harina cernida, entre otros.

 

¿Y con qué se toman? Los tamales se suelen acompañar de un atole calientito o ¿qué decir con un exquisito champurrado?

 

Una de las formas más particular de consumirlos es en una guajolota, que es una torta rellena de tamal. Pero no piensen en las tortas sudamericanas que son esas preparaciones dulces que se sirven en los cumpleaños y que nosotros conocemos como pasteles, sino en un pan salado.

 

 

 

El tamal nos representa tanto que su consumo está vinculado a muchos de nuestros aspectos culturales. Prueba de esto, es que lo comemos en fiestas, bodas, Día de muertos, reuniones, bautizos y diversas festividades que llevamos a cabo a lo largo del año, como lo es 2 de febrero, Día de la Candelaria, donde a la persona que le haya tocado el muñequito en la Rosca de Reyes del 6 de enero, deberá preparar los tamales para todos aquellos que estuvieron presentes durante el convite de aquella fecha, sin olvidar el atole o el champurrado para acompañar este delicioso platillo.

 

Esto quiere decir, que el tamal es símbolo de tradición, costumbres religiosas, recuerdos o simplemente de celebración. Su preparación es una fuente digna de trabajo y de respeto por la cultura alimentaria de nuestro país, que está presente en cada uno de los mexicanos.

 

PARA SABER MÁS.

Carrillo Arronte, Margarita, Larousse Tamales y atoles mexicanos, Editorial Larousse México, México D.F., 2012.

 

CÍTANOS.

Alonso, Enrique, "De chile, dulce y manteca: ¡Tamales!", Claustronomía. Revista gastronómica digital, Universidad del Claustro de Sor Juana, México, D.F., 2013, <www.claustronomia.mx>.


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