03 Jul 2019

Las especias, el enigma de oriente

Ximena García Vargas.

Gastrónoma.

 

Cuando le piden a uno nombrar un producto de valor, generalmente nuestros pensamientos se desvían a cosas como el oro o los diamantes y es poco probable que nos pase por la cabeza algo tan simple como una flor, una corteza o una semilla, pero aunque no lo creas hubo un tiempo en el que las especias eran tan valiosas que pasarelas era un símbolo de gran estatus social, un lujo que solo unos pocos se podían dar; su valor era tan grande que animó a cientos de hombres a aventurarse por tierras desconocidas sólo para poseerlas, los riesgos eran grandes, pero la recompensa aún mayor.

 

Las especias no solamente eran consideradas un condimento, sino que también se usaban como medicina, moneda, amuleto, etc. así como nos explica Sheldon Greenberg en La Ruta de las Especias. Se creía que poseían propiedades afrodisíacas, curativas, narcóticas, mágicas y mil cosas más. Su origen era misterioso, lleno de mitos relatados por los exploradores y comerciantes, que alimentaban el misticismo que las rodeaban y a su vez, cumplían la función de ‘respaldar’ la inflación desmedida de sus precios.

 

Un ejemplo de este tipo de anécdotas se puede encontrar en el Libro III de las Historias de Heródoto, donde el historiador habla sobre la recolección de la canela, la cual, según cuenta, era usada por enormes aves como material de construcción para sus nidos ubicados en las cumbres escarpadas de las montañas, fuera del alcance del hombre y en teoría, los árabes llevaban pedazos de bueyes y asnos muertos con el propósito de que las aves los subieran a sus refugios y estos se rompieran ante el enorme peso de los cuerpos, de esta forma la canela era recogida del suelo y se comerciaba al resto del mundo. La historia variaba según el escritor, Teofrasto habla de serpientes voladoras, Plinio lo cambia por aves fénix y enormes murciélagos. Fuera como fuese, nadie lo cuestionaba y el hecho de que tuvieran un origen fantástico animaba a las personas a poseerlas.

 

Como era de esperarse, las especias estaban presentes en todas las cortes, ya fuera con los faraones de Egipto, los emperadores de Roma, los Rajá de la India, los Huángdì de China y se necesitaba de mucha riqueza para adquirirlas, sin embargo después de la caída del Imperio Romano y la posterior invasión Otomana, este asunto de los precios se llevó a otro nivel, particularmente en Europa, donde sus habitantes, obsesionados con las especias, se vieron ‘obligados’ a pagar por ellas hasta mil veces más de lo que usualmente costaban, ya que los musulmanes supieron aprovechar la casi insana fijación de sus vecinos para aumentar el valor estratosféricamente, como nos explica Jack Turner en Spice: The History of a Temptation, asunto realmente irónico ya que mientras en Europa menos de medio kilo de nuez moscada costaba siete bueyes gordos como podemos leer en el artículo “Las Especias: condimento que llegó del Paraíso” de Javier Abad, Sheldon Greenberg nos comenta que los habitantes de las Islas Molucas, hogar de las especias, recogían la nuez moscada de la naturaleza y las cambiaban por arroz, vidrio, telas, hebillas o cualquier otra curiosidad.

 

Y pese a los elevados costos, la aristocracia abusaba de su consumo y especiaban desde carnes, postres, bebidas, es más, al final de comer se pasaba una confitera con todo tipo de especias para que se disfrutaran como si de caramelos se tratase, así como nos explica Javier Abad, incluso se entregaban en un gesto diplomático como un regalo de Estado, y a sí mismo eran un legado que se pasaba por generaciones. También nos cuenta que en los libros de recetas del siglo XIV y XV se demuestra que el 84% de los platillos medievales llevaban jengibre, 53% clavo, 41% canela; pero esto no es nada ya que se creaban salsas sumamente concentradas donde se utilizaban las especias no por pizcas como hoy en día, sino que de forma desmesurada, usándose por libras (casi medio kilo) en cada preparación.

 

Un mito muy popular, que se viene diciendo desde hace tiempo, es que en la Edad Media las personas condimentaban sus alimentos para así poder encubrir los aromas y sabores de la comida en proceso de putrefacción debido a la mala conservación de los alimentos y a la incapacidad económica de poder costearse ingredientes más frescos. Sin embargo hay que tomar en cuenta dos puntos muy importantes:

 

El primero es que las especias provenían de un lugar muy lejano para Europa, Indonesia, más precisamente en lo que hoy conocemos como Las Islas Molucas o Islas de las Especias.

 

El segundo factor a considerar es la época, es decir allá por el siglo XII donde un viaje de una punta a otra de Europa era considerado una locura y podía durar varios meses, ya que los caminos se encontraban deteriorados y el interés por viajar largos trayectos era mínimo, así como nos explica V. Samarkin en su libro Geografía histórica de Europa occidental en la Edad Media.

 

Si consideramos la distancia que existe entre Indonesia y España, un viaje en avión que en la actualidad puede durar poco más de 24 horas según nos informa Beneytez Gonzalo en Easy Viajar, en la antigüedad este tipo de expediciones era toda una odisea que podía durar años y de la cual se podía regresar con la gloria o morir en el intento. No obstante, las especias lo valían. Tan es así que el descubrimiento del Nuevo Mundo es resultado de la búsqueda de una ruta más corta para llegar a las Indias. 

 

 

 

 

CÍTANOS.

Vargas García, Ximena, “Las especias, el enigma de Oriente”, Claustronomía. Revista gastronómica digital, Universidad del Claustro de Sor Juana, Ciudad de México, 2018, <http://www.claustronomia.mx>.


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