Bioética, Biotecnologías: la salud y el problema de la justicia distributiva en la sociedad globalizada.

Bioética, Biotecnologías: la salud y el problema de la justicia distributiva en la sociedad globalizada.

Rodrigo Munguía Rodríguez.

Nacido en la Ciudad de México. Licenciado en Filosofía por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Estudiante de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM. Estudiante de la Maestría en Estudios en Psicoanálisis en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Entre sus publicaciones destacan “Lo político, la didáctica y la docencia”, artículo contenido en la revista Versiones de la Universidad de Antioquia, Colombia, entre otras. Sus líneas de investigación son la ética, la filosofía política y la filosofía de la historia. Docente y columnista.

La pregunta por la salud, sus efectos y sus implicaciones para el sujeto y su entorno, no le ha sido nunca ajena a varios de los pensadores más importantes de la tradición filosófica. Para mencionar sólo un ejemplo, podemos acudir a la sexta parte del Discurso del método de Descartes, en la que el filósofo y matemático francés nos dice: “la conservación de la salud, que es, sin duda, el primer bien y el fundamento de los otros bienes de esta vida, porque el espíritu mismo depende del temperamento y de la disposición de los órganos del cuerpo”.[1] Revisando la cita anterior, podemos destacar la importancia que Descartes le otorga a la salud al situarla como el primer bien y el fundamentos de todos los otros bienes de la vida, con lo que podríamos decir que, sin salud, es imposible disfrutar de cualquier otro bien o acceder a ellos. De esta manera, encontramos que la relación entre la pregunta filosófica por la salud y otras áreas del conocimiento, tales como la medicina, siempre han estado en estrecha relación,[2] y es a partir de la segunda mitad del siglo XX que, gracias a la bioética, la discusión se ha actualizado y ha abierto nuevos campos para la reflexión de dichos temas.

            Ahora bien, llegados a este punto vale la pena aclarar qué podemos entender por “salud”. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la define de la siguiente manera: “el estado de perfecto bienestar físico, psíquico y social, y no sólo la ausencia de lesión o enfermedad”.[3] Por otro lado, la Ottawa Charter for Health Promotion dice que la salud es:

Un recurso para la vida cotidiana, no el objetivo de la vida en sí. Un objeto positivo que hace hincapié en los recursos personales, sociales y culturales, además de en las capacidades físicas, no siendo la salud un estado abstracto, sino un medio para un fin que puede ser expresado de manera funcional como un recurso que permite a las personas llevar una vida individual, social y económicamente productiva.[4]  

 

Es muy importante hacer notar desde ahora que, en ambas definiciones, la salud se ha dejado de considerar como un estado físico, sino que ésta debe abarcar aspectos que van desde social y lo económico hasta lo cultural.[5]

Sin embargo, una de las grandes contradicciones que se ha generado en nuestra actualidad es que, a pesar de la importancia primordial e indispensable que tiene la salud para poder desarrollar una vida plena y digna, cada vez son menos los seres humanos que a nivel global tienen acceso a los servicios médicos y a las biotecnologías que posibilitan la conservación de la salud, lo que nos obliga a poner sobre la mesa el tema de la justicia distributiva y su relación con la profunda inequidad de cara a la distribución y acceso a dichos servicios y biotecnologías.

            La bioética, cuyos orígenes podemos situar en el artículo de 1970 de Van Rensselaer Potter titutlado “Bioethics, the Science of Survival”, se ha consolidado no como una disciplina, sino como diversas disciplinas en constante diálogo e interacción para la reflexión y resolución para los problemas que los avances médicos y tecnológicos nos presentan hoy en día. Partiendo de lo que se ha llamado el “principialismo”,[6] la bioética hoy se nos muestra como una herramienta interdisciplinaria para pensar nuestra propia actualidad.

 

 

II

Es a partir del fuerte avance tecnológico, que hoy podemos hablar de algunos aspectos que, si echáramos la mirada un siglo atrás, veríamos que pertenecían exclusivamente al campo de la literatura de la ciencia ficción: el desarrollo de los cyborgs, la farmacogenética, la bioinformática y el pharming son sólo algunos ejemplos que el desarrollo de las biotecnologías nos demuestra, hoy por hoy, que la ciencia ficción no deja de tener siempre algo de ciencia. ¿Cuál es el papel de la bioética y de la filosofía frente a este abrumador avance tecnológico? Pues bien, en principio se podría decir que es el de cuestionar dicho avance, poniendo de relieve los posibles peligros, tanto a nivel individual y social, que conllevan el desarrollo de estas nuevas tecnologías. Digamos que se trata de construir un discurso crítico basado en la premisa de que no todo lo que tecnológicamente supuesto puede llevarse a cabo, ni mucho menos debe llevarse a cabo.

Desde el lado de la justicia distributiva, lo primero que debemos decir es que siempre que hablamos de “distribución”, el concepto de “escasez” es el que se está jugando, debido a que sólo existirá un problema de distribución cuando los bienes a distribuir sean escasos.[7] Entonces, se trata de cuestionar las implicaciones de la inequidad en la distribución de dichos bienes. Es aquí donde la cuestión comienza a tornarse problemática, ya que, como vimos en las definiciones de salud anteriormente dadas, ésta implica una ecuación en la que deben aparecer elementos no sólo físicos, sino también económicos, culturales y sociales, y a lo que asistimos hoy en día es a un mundo en el que estos elementos están distribuidos de manera cada vez menos equitativa. Sólo hace falta pensar que, mientras que algunos de los avances médicos y biotecnológicos más avanzados están al servicio de los intereses del mercado o de la denominada “medicina de conveniencia”,[8] en varias partes del globo, particularmente en los mal-llamados “países en vías de desarrollo”, siguen existiendo enfermedades que resultan impensables para las capas de la población más acomodadas, tales como el cólera o la enfermedad del “gusano de Guinea”, por mencionar sólo una cuantas.[9] Lo que se infiere de lo anteriormente dicho es que, por un lado, existe una relación inversamente proporcional entre la salud y la pobreza, y, por otro lado, que esta relación no es del todo gratuita, sino que está ocasionada por una distribución inequitativa de los bienes, ocasionada por los intereses que los capitales y los mercados transnacionales han generado. Aquí es donde, siguiendo lo dicho por John Rawls, caemos en cuenta que nos encontramos ante una sociedad globalizada profundamente injusta. Dice Rawls: “las expectativas más elevadas de quienes están mejor situados son justas si y sólo si funcionan como parte de un esquema que mejora las expectativas de los miembros menos favorecidos de la sociedad”.[10] ¿Por qué pasa esto? Valdría la pena preguntarnos por la cuestión de las patentes, la producción de las biotecnologías y su relación con los intereses de las grandes farmacéuticas en el mercado global:

La realidad es que en el mundo moderno la salud ya no se puede concebir únicamente como un bien que depende del azar, sino que es el resultado de complejos factores sociales y económicos de un sistema económico globalizado, en el que los riesgos y beneficios del uso y abuso de diversas tecnologías, junto con la mala distribución de la riqueza y la creciente pobreza mundial, contribuyen a generar esta desigualdad social en la salud.[11]

 

 

III.

¿Qué podemos hacer frente a esto? Sin lugar a dudas, no existe una respuesta unívoca y categórica, y de existir, sería imposible desarrollarla en unas cuantas páginas, por lo que más bien invito al lector a problematizar a partir de las siguientes resoluciones.

            Por un lado, siguiendo a Paulette Ditterlen, considero que es urgente e indispensable adquirir una consciencia crítica que nos permita preguntarnos por el estatus de la vida humana y de nuestra responsabilidad frente a las decisiones tomadas en el marco de la sociedad civil, en tanto que somos partícipes de ella:

Responder a esta pregunta nos enfrenta a tomar decisiones responsables, a adjudicarle al Estado obligaciones con los ciudadanos y vigilarlo para que las cumpla y contribuya a reducir las capacidades y las enfermedades. Perder de vista la dignidad de la vida propia y la de los demás nos demuestra que vivimos en sociedades que pueden ser catalogadas como injustas y desiguales. Por esta razón es indispensable la discusión sobre el valor de la vida humana y su relación con la investigación de los elementos necesarios para proteger la salud.[12]