De la política de la muerte a la muerte política

De la política de la muerte a la muerte política

Mtro. Luis Felipe Flores Mendoza

Estudiante de doctorado, UIA México

 

Semblanza

El presente artículo pretende dar cuenta de tres conceptos fundamentales en el desarrollo del actual sistema político mexicano, los primeros se pueden encontrar de manera evidente, en los dos últimos sexenios presidenciales, mientras que el tercero, es la apuesta más arriesgada de la oposición. El primero de dichos conceptos es la necropolítica, vista desde la perspectiva del filósofo camerunés Achille Mbembe, quien la define como el poder del soberano para decidir quién muere y quién vive, quién es útil y quién no; el segundo es el narcoestado, entendido como la corrupción institucional a manos del narcotráfico y, por último, la amnistía y sus posibles repercusiones sociopolíticas.

Uno de los problemas con los que se ha vivido en México desde hace varios años, es la escalada de violencia. La falta de seguridad, así como los reclamos de justicia ante las desapariciones, los muertos y otras tantas vejaciones a los ciudadanos, han hecho pensar que México es un “Estado fallido”, pues no ha sabido cumplir con las obligaciones básicas que fundaron los Estados modernos[1]. Sin embargo, el caso mexicano es mucho más complejo de lo que a primera vista parece.

En el caso de México, se debe pensar en varias aristas y tejer con hilo fino, para darnos cuenta que estamos equivocados, que no vivimos en un Estado fallido, sino que vivimos en un narcoestado. Es decir, un Estado en el cual nuestras instituciones se encuentran coludidas con el narcotráfico y, en su cara opuesta, que la política ha corrompido al narcotráfico (sí, por extraño que esto parezca). Nos encontramos, entonces, en una dinámica donde política y narcotráfico se corresponden.

Precisamente, en esta correspondencia, se ha generado un ambiente dañino para la sociedad civil, pues el Estado de derecho parece carecer de verdadera aplicación y la legitimidad del cuerpo soberano se desvanece. Las instituciones que deben representar los intereses de los ciudadanos, son incapaces de protegerlos y el narcotráfico se vuelve un poder de facto cuya relación con el gobierno es de estira y afloja, dependiendo de los intereses en turno, dando como resultado un ambiente político fundado en la muerte.

Guerra contra el narco y necropolítica

Bajo esta óptica, en el sexenio de Felipe Calderón, nos enfrentamos con uno de los casos más controversiales de esta terrible dinámica, pues en su momento, el que fuera presidente de México decretó una “guerra contra el narcotráfico” y con ello, aunque de manera implícita, un estado de excepción, donde se suprimía el estado de derecho, para permitirles, de facto, al ejército y a la marina actuar según criterio propio. Esta supuesta guerra, más allá de ser una verdadera ‘cruzada’ contra la delincuencia organizada, se gestó como un intento de legitimación ante la sospecha, siempre presente, de un fraude electoral.

De manera brutal, el gobierno del panista (2006-2012), buscó legitimarse a partir del empleo de la necropolítica. Sus métodos fueron poco ortodoxos, pretendiendo demostrar poder. Tanto el gobierno como el narcotráfico, hicieron del país entero, su campo de batalla, dejando a su paso miles de muertos, de los cuales, la mayoría eran ciudadanos que no tenían nada que ver con el conflicto[2].

 

Cada vez más a menudo, la guerra no tiene lugar entre los ejércitos de dos Estados soberanos, sino entre grupos armados que actúan bajo la máscara del Estado, contra grupos armados sin Estado pero que controlan territorios bien delimitados; ambos bandos tienen como principal objetivo la población civil, que no está armada ni organizada en milicias[3].

 

Calderón decidió quién era el ‘enemigo absoluto’ –decisión que solamente puede tomar el soberano–, como diría Carl Schmitt[4], y estos eran, por lo menos ante el público general, los grupos de narcotraficantes, marcando el estado de excepción; pero lo más grave, desde mi perspectiva, es el haber tomado en su mano la decisión puntual de quién debe vivir y quién debe morir. Buscó la legitimación en la muerte, pero no en la muerte de ‘los enemigos’, sino en la muerte de la población civil, infundiendo miedo en la gente.

De tal manera, el sexenio de Calderón, se legitimó sobre la base de cadáveres de inocentes, los cuales fueron, según palabras textuales del panista “daños colaterales”, siendo, en realidad, su manera de hacer política. La afamada “guerra contra el narco”, abrió el camino para instaurar en México la necropolítica como la forma más eficaz de legitimar el poder político.

La necropolítica jurídica

De otra mano, la actual administración, cuyas funciones terminan este año, se ha caracterizado por ser una administración terriblemente displicente y corrupta en cuanto a materia de seguridad, pues los homicidios y la violencia, en términos generales, ha incrementado a grado tal, que el sexenio en turno es el más violento, incluso por encima del sexenio de Felipe Calderón; aunado a esto, los altos índices de corrupción del partido en el poder  -pues varios gobernadores priistas están siendo investigados por desvíos de recursos, entre otras cosas más- ha generado que el descontento de la ciudadanía vaya en aumento.

Peña Nieto convirtió en ley lo que Calderón había iniciado con la polémica Ley de Seguridad Interior, cuyo fin formal es terminar con la delincuencia ante la supuesta incapacidad de las policías locales, otorgándoles a las fuerzas armadas el derecho (iure) de actuar sin ningún tipo de restricciones. Esta pretendida seguridad, no es más que la forma de enmascarar la necropolítica que han seguido los gobiernos de estos dos sexenios, pues no es solamente en la muerte en sí, en donde reside la toda la fuerza de la necropolítica, sino en el poder de decidir quién vive y quién muere[5]. En este sentido, dicha ley, es el fundamento que se necesitaba para imponer jurídicamente el miedo.

Pero el problema de fondo, el real, el de los reclamos de la ciudadanía, sigue sin resolverse. Las peticiones no escuchadas de los ciudadanos parecen estar cobrándoles factura para estas elecciones, pues las demandas populares, como les nombra Ernesto Laclau[6], empiezan a jugar en su contra y a favor del candidato de la oposición quien, buscando una solución a este conflicto, ha hecho la propuesta más controversial hasta ahora.

Del narcoestado y la amnistía

Desde luego, la propuesta de una amnistía ha generado infinidad de reacciones negativas, pero ninguna ha sido seguida de argumentos serios o de las posibles repercusiones que podría tener en la realidad; ni siquiera se ha hecho un verdadero análisis de la propuesta, simplemente hemos sido bombardeados con spots en contra de ella, pero sin ningún sustento fidedigno.

Lo propuesto en la amnistía, no es otra cosa que el borrar los expedientes de las personas que se han visto envueltas en el crimen organizado a falta de oportunidades de trabajo, o bien, porque fueron obligados u orillados, como es el caso de gran parte de los niños, quienes usualmente al no tener nada, deciden incursionar en este mundo y conseguir algo de dinero para vivir lo mejor posible, aunque su vida sea demasiado corta. Son estos casos coyunturales a los que se plantea atender. A las víctimas de las circunstancias provocadas por la misma necropolítca instaurada en nuestro país.

No obstante, no se puede ni se debe inferir que la amnistía signifique el perdón para quienes delinquen, ya que tendrán que cumplir la condena dictada por las autoridades; sin embargo, al salir, podrán reincorporarse a la sociedad sin tener la carga que los antecedentes penales suelen representar. En este sentido, quienes atacan la propuesta de López Obrador, ‘confunden’ la amnistía con el indulto y buscan instrumentalizar esta ‘confusión’, para infundir temor en la gente.

Mas, para ser completamente honestos, esta ley lleva un costo muy grande a cuestas y parece que nadie se ha percatado, o se ha querido percatar, de él: si se implementa la ley, debemos asumirnos como un narcoestado, con todas las consecuencias que esto conlleva, por ejemplo, el pensar que México se encuentra corrompido hasta la médula por una relación cuasi-simbiótica entre la política y el narcotráfico, también el suponer que es imperativo modificar interna y externamente las instituciones viciadas de la nación, entre muchas otras. Por eso, la propuesta genera ruido y escozor, nadie quiere cargar el peso histórico que esto conlleva, nadie quiere asumir y aceptar nuestra realidad. Esa es la gran responsabilidad y la gran apuesta, pero puede ser, al mismo tiempo, un gran fracaso.

No es para desestimar la propuesta de Andrés Manuel López Obrador, pues allí puede haber una solución para dar un giro de regreso a la biopolítica. La amnistía, representa más que una ley, puede significar una reforma en cómo se ha hecho política en México, la cual se ha basado en la pobreza, en el hambre, en el dolor y, sobre todo, en la muerte. Pero debemos ser igualmente conscientes de que esta tampoco es una solución mágica ni completa, sino solamente una opción más entre muchas otras.

 

 

Bibliografía

- Hobbes, Thomas. Leviatán. FCE. México. 2010.

- Laclau, Ernesto. La razón populista. FCE. Buenos Aires. 2005.

- Mbembe, Achille, Necropolítica, Melusina, España, 2011.

- Schmitt, Carl. El concepto de lo político. Alianza. Madrid. 2009.

- “Redacción” en La Jornada, 30 de julio del 2013, Recuperado de https://www.proceso.com.mx/348816/mas-de-121-mil-muertos-el-saldo-de-la-narcoguerra-de-calderon-inegi 12 de mayo del 2018, 11:33 p.m.

 

[1] Ya Hobbes había destacado en su Leviatán, que las dos obligaciones fundamentales del Estado eran garantizar el orden al interior del mismo y la seguridad de sus ciudadanos. En ambos aspectos, el estado mexicano ha fracasado rotundamente.

[2] La famosa “guerra contra el narcotráfico” dejó más de 121 mil muertos, según datos del INEGI, siendo uno de los sexenios más violentos de toda la historia de México, solamente superado por el actual sexenio de Enrique Peña Nieto con 117 mil muertos hasta el conteo del 2016.

[3] Mbembe, Achille, Necropolítica, Melusina, España, 2011, p. 64.

[4] En Carl Schmitt, podemos encontrar que la decisión entre amigo-enemigo es, primero, la decisión fundamental de lo político y segundo, esta distinción solamente puede hacerla el soberano. Siguiendo este orden de ideas, hay una tipificación del ‘enemigo’ que menciona Schmitt, siendo el ‘enemigo absoluto’ el grado más alto de enemistad, donde se amenaza la existencia óntica de uno por el otro y únicamente desaparece la distinción cuando se aniquila al enemigo. Es aquí donde pensamos la instauración del estado de excepción. El concepto de lo político. Alianza. Madrid. pp. 56 y ss.

[5] Mbembe. Op. Cit. pp. 40 y 46.

[6] Cfr. Laclau, Ernesto. La razón poulista. FCE. Buenos Aires. 2005. pp. 97 y ss.

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