El pornógrafo es siempre el otro

El pornógrafo es siempre el otro

Dr. Iván Vera

Basándonos en la práctica cotidiana, tenemos que asentir sin cavilaciones innecesarias al siguiente dictum: el pornógrafo siempre es el otro. Hay pocos vocablos tan intransigentemente usados como el de pornografía. Si sobre ti, tu obra, tu pensar, tus aficiones ha caído el epíteto zahiriente de pornográfico, quedas a merced de un estigma imborrable. No hay nada que hacer. Ni siquiera vale la pena protestar. El monema “pornografía” es propiedad del lúdico ejecutante del discurso del censor. Es patente que nuestra cultura que quiere ser tan moderna, tan nice and cool, no puede dejar de pensar obsesivamente en los contornos del cuerpo, en orificios y “perversiones”. La ecuación mágica de la modernidad es simple: PORNOGRAFÍA = PERVERSIÓN. Es justo ese tipo de igualdades las que hay que explicar –y en último término cuestionar. Y es que siempre –desde el juicio del inquisidor- el pornógrafo está enfermo. No sabemos de qué, pero tiene que estarlo, pues ¿a quién demonios se le ocurre lucrar con el cuerpo y sus placeres?, ¿qué acaso no son algo privado? Si la pornografía es patrimonio de la modernidad lo es en la medida en que en ella priva la separación público/privado. Pero bien apreciado, también el consumidor es presa del asedio de lo psicopatológico. ¿Quién -si no un pervertido- consume pornografía de manera habitual? Tradicionalmente se cree –por lo menos en las tres o cuatro últimas generaciones de adultos- que un adolescente puede acudir al mercado de lo porno pues apenas está conociendo su cuerpo y sus pasiones, pero un adulto, ¡qué escándalo!, ¡ha de estar bien enfermo! Y si se masturba frenéticamente a resultas de sus incursiones voyeuristas, peor. ¡Doblemente enfermo! Simplemente recordemos que en los siglos XVIII y XIX la masturbación recurrente era considerada como un síntoma indubitable de locura[1].

Ya la historia de la cultura se ha encargado de mostrarnos cuán difícil es rescatar un criterio universalmente válido respecto a lo que es pornografía. Pornografía –podría resumirse- integra todo lo que me disgusta ver respecto al cuerpo, por lo menos de dientes para afuera. Cuando extrapolo (por medio de la propaganda, del terror, o como sea) a norma general el criterio de lo visible y lo no visible, de lo digno de verse, de lo indigno, se está perfilando una noción de pornografía. ¿Qué es la pornografía? Respuesta simplona: lo que una sociedad considera tal; en el extremo, lo que un individuo reputa como tal. Pero el teórico siempre buscará criterios universales. Tanto peor para él. No existen. Y de existir, son inoperantes, insuficientes, irrisorios [Piénsese en particular en los criterios de los Pro-vidos]. ¿Y hace daño el consumo de pornografía? Por lo menos la investigación científica mostró que no. Por ello el conocido como Informe Nixon concluyó que no había ninguna razón para crear legislaciones que censurasen el material llamado obsceno[2]. Y adicionalmente –con respecto a sus efectos- concluyeron que «un conjunto de estudios experimentales indica que la exposición al material erótico activa una variedad de respuestas emocionales generales, incluyendo agitación y malestar tanto en hombres como en mujeres. Un estudio de la exposición repetida sugiere que estos efectos son transitorios (menos de 24 horas)»[3].

Hoy día la pornografía se reduce a lo meramente visual (y aquí no falla la etimología). Antiguamente no existía el concepto. Se comienza a manejar desde la modernidad. Desde Sade, al menos, hay un silencio que recorre occidente, un clamor que hay que acallar. Sade es la primera víctima de la pornografía (que extrañamente en ese entonces no se limitaba a lo exclusivamente visible). Al presentar al sexo desnudo, lo que muestra es cuánto resta por descubrir. Los años en prisión lo llevarán a diseñar los experimentos mentales más lúcidamente cachondos y desenfadados que se hubieran descrito a la sazón[4]. Pero –visto retrospectivamente- ante el juego infinito de despliegues de lo porno (y otras manifestaciones sádicas y/o masoquistas) en las últimas dos décadas, parecen ser las obras de Sade el libro de texto de un parvulario[5] (ante todo si tomamos en consideración la excesiva proliferación de los serial killers en el plano de lo real y lo fantástico, y el gore en lo cinematográfico). Basta con abordar cualquier obra hardcore para presenciar el espectáculo del sexo en vivo, extremadamente vivo. Habrá quien diga: ¡eso no es sexo!, ¡es el epítome de la frialdad!, ¡es la apoteosis del fingimiento total! Y sin embargo, es, está ahí para recordarnos nuestra excesiva concentración en el sentido de la vista, y la pérdida progresiva de nuestros demás sentidos. Siempre es bueno recordar que la piel es el más antiguo y sensible de nuestros órganos, así como la base de la que se nutrirán los sentidos, pues resulta ser el primer medio de comunicación con el exterior y el más eficaz de nuestros protectores. El tacto -que es el sentido que más relacionado se encuentra con la piel- se genera antes que todos los demás en los embriones humanos[6]. Como asegura Yehya, «la pornografía es el género de la sorpresa que produce lo inesperado y del confort de lo conocido, de la fantasía escapista y del hiperrealismo, de las caricias y del abuso, de la devoción y de la degradación, del amor carnal y del nihilismo total, de la espontaneidad y de lo rigurosamente predeterminado, de las variaciones infinitas y de la eterna obsesión monomaniaca por una idea erótica, de la liberación sexual y de la represión de la imaginación y del deseo»[7].

Notas

● [1] Un ejemplo del gran psiquiatra vienés, padre de la sexología contemporánea: «La causa de la insania religiosa a menudo se encuentra en la aberración sexual. En la psicosis se observa una mezcla abigarrada de delirios religiosos y sexuales en, por ejemplo, mujeres lunáticas que se imaginan que son o serán la madre de Dios, y especialmente en personas que son esclavas de la masturbación». Richard von Krafft-Ebbing. Psychopatia sexualis. A Medico-Forensic Study. New York: G. P. Putnam’s Sons, 1965, p. 36 (orig. 1886).
● [2] A. V. The Report of the Comisión on Obscenity and Pornography. New York: Bantam Books, 1970, p. 497-498: «Conclusiones. Sometemos a aprobación: que la mayoría de la Comisión no ha llevado a cabo los mandatos del Congreso. Sometemos a aprobación: que sus recomendaciones legislativas deberían ser excluidas de la consideración por el Congreso y los Estados, dado que no son receptivas para el mandato del Congreso para regular el tráfico de la pornografía. Es una legislación irrelevante y merece condena. Sometemos a la consideración: que la propuesta de la Comisión es legalizar la pornografía».
● [3] A. V. The Report of the Commission on Obscenity and Pornography, p. 256.
● [4] Raymond Jane. Un retrato del marqués de Sade. El placer de la desmesura. Barcelona: Editorial Gedisa, 1990.
● [5] No estarían de acuerdo con este juicio todos los pornógrafos actuales. «La pornografía moderna alcanzó un límite insuperable, en tanto en su exploración hasta las últimas consecuencias de las posibilidades corporales del placer, con la literatura del marqués Daumier Alphonse François de Sade (1740-1815), quien hizo en su obra un muestrario de todas las perversiones y fetiches imaginables, así como de los métodos más abominables de tortura y asesinato empleados como formas de estimulación sexual. De Sade llevó las posibilidades de la subversión hasta las últimas consecuencias… hasta ahora nadie ha dicho o imaginado nada que pueda superar las macabras fantasías del Divino Marqués». Naeif Yehya. Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral, p. 33 y 41.
● [6] Ashley Montagu. El sentido del tacto. Madrid: Editorial Aguilar, 1981, p. 3. Y Serres considera que «muchas filosofías se refieren a la vista, pocas al oído, y menos aún confían en el tacto o en el olfato. La abstracción divide el cuerpo sensible y excluye el gusto, el olfato y el tacto, sólo cuida la vista y el oído, intuición y entendimiento. Abstraer no significa sólo abandonar el cuerpo sino desmenuzarlo en trozos: analizar». Michel Serres. Los cinco sentidos. Ciencia, poesía y filosofía del cuerpo. México: Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 2002, p. 29.
● [7] Naeif Yehya. Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral, p. 9.

 

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