Entrevista a Francisco Fernández Defez

Entrevista a Francisco Fernández Defez

Ivan San Martín

El filósofo Francisco Fernández Defez, español de origen pero avecindado en México desde hace varios años, posee un vasto conocimiento de la cultura contemporánea, tanto de la filosofía de occidente, como del pensamiento oriental, lo cual le permite poder hacer un agudo análisis de los conceptos y teorías que aquejan y/o estimulan a las sociedades en la actualidad, como la noción de “decadencia”, que de manera reiterada y en ocasiones agorera, suele aparecer en las exégesis acerca de nuestra realidad.

Por ello, se ha considerado como el personaje idóneo para entrevistarlo en este mes de julio de 2017 para la sección de Vírgula Mistérica a fin de aproximarnos a la comprensión filosófica de esté escurridizo concepto.

— Ivan San Martín: Muchas gracias por aceptar esta entrevista. Como bien sabes, en este segundo número de la revista “Agnosia” está dedicado al análisis de la decadencia desde el ámbito del estudio de la filosofía; por ello, mis preguntas intentarán aprovechar tus conocimientos como especialista en la historia de la filosofía occidental y oriental.

Francisco Fernández Defez: Acepto gustoso, por el cariño que le tengo a la Universidad del Claustro de Sor Juana donde he sido profesor por varios años, aunque ahora me encuentro fuera de México en una estancia para terminar mi doctorado.

— Como bien sabes, el término "decadencia" se ha usado para caracterizar la actualidad, pero, ¿esto sólo ocurre en nuestra época o también se ha utilizado en tiempos precedentes?

Aunque usualmente la decadencia se ha asimilado a la palabra "crisis", se puede decir que “decadencias” han habido de todo tipo y a lo largo de toda la historia: la decadencia de la polis griega ante el poderío de Alejandro Magno, la del Imperio romano y también la del Imperio español, cada una debida a causas particulares, la de la Edad Media ante los cambios socio-políticos que se avecinaban en casi toda Europa, y así, un largo etcétera. En cierto modo, eso es lo que implica la etimología del término: periodo o momento de ruina, de caída. De esas decadencias no quisiera yo hablar, sino más bien de aquellas que no tienen tanto que ver con lo socio-político, sino de otras, que si bien no están exentas de un vínculo con ellas, creo que son decadencias en mayor medida inherentes al propio ser del hombre, al ser del ser humano.

— ¿Te refieres a decadencias más cercanas cronológicamente?

Más bien quiero decir a decadencias más atemporales, más arraigadas al ser humano independientemente de las condiciones socio políticas en las cuales le ha tocado vivir. En este sentido, un uso puntual del término lo encontramos en el pensamiento del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), quien ponía “el dedo en la llaga” de toda nuestra forma de ser occidental heredada por línea directa de Sócrates y Platón, pasando por el judeocristianismo y llegando hasta Immanuel Kant y Georg W. F. Hegel. Así, Nietzsche llamaba decadents a los dos primeros, culpándoles del mayor delito que a su juicio podía cometer el ser humano: estar enfermo de odio hacia el mundo y, por tanto, crear un mundo ideal donde debían cobijarse. En ese sentido, entonces, la decadencia sería la propia caída, la propia ruina como la consecuencia de una renuncia, de un rechazo a todo lo vital que nos conforma y que decidimos no aprovechar porque, dicho de algún modo, nos desagrada el desgaste y la fricción inherente a la vida.

— Es decir, ¿en ese sentido podría aplicarse a la actualidad?

Cierto… usemos un ejemplo actual: los jóvenes de hoy prefieren jugar al futbol cómodamente en sus sofás, aunque realmente no juegan al futbol. Simulan que juegan, incluso pueden comer y jugar al mismo tiempo. Lo que hacen a través de una consola de videojuegos es imaginar que juegan, en resumen, idealizar algo que no está sucediendo. Se podría decir que huyen del esfuerzo, del riesgo, incluso del sudor que provoca el juego real.

En este sentido sí que somos ese último hombre nietzscheano, ese hombre que no quiere nada, ese ser humano que evita por todos los medios a su alcance la realidad y se hunde en un falso confort que lo inmoviliza y que lo deja a merced de una manipulación cuyos hilos prácticamente se mueven solos. Y de ahí, ya podríamos pasar a la decadencia sociopolítica, en la que ahora prefiero no ahondar.

— A partir de tu respuesta, podríamos colegir que el término “decadencia” siempre nos remite a un aspecto negativo del estado de cosas... ¿esto es siempre cierto?

Toda decadencia tiene, a mi parecer, dos componentes, que siguen un orden cronológico. Primero aparece la decadencia en su sentido negativo. Es, sin duda alguna, esa falta de impulso, una carencia de ímpetu que de uno u otro modo acartona y paraliza…

podríamos decir que nos deja vacíos de toda capacidad de reacción. Es el típico y tan actual conformismo. Cualquier traje nos queda, por decirlo de algún modo. Es, por otro lado, una galopante falta de juicio crítico, de pensar autónomo e independiente de condicionamientos, aunque desde luego, entiendo que deshacerse de ello no resulta una tarea sencilla tal y como se halla estructurado el mundo. Hasta ahí el sentido negativo de la decadencia.

— Entonces, ¿es su única polaridad posible?

Todo es siempre pendular, pues de repente, unas veces gracias a débiles destellos y otras a causa de deslumbrantes relámpagos, el despertar acaece ̶ parafraseando nuevamente a Nietzsche ̶ y llega el gran mediodía, o al menos el pequeño mediodía, que nos hace pensar que hemos progresado gracias a la superación de la decadencia. Y ahí habría, por supuesto, un sentido positivo de la misma decadencia. Claro está que también podríamos pensar, como en el taoísmo chino, que todo este juego de decadencias y progresos no es más que una ficción occidental viciada por nuestra visión judeocristiana de que al final de la historia, el bien y la verdad acabará por vencer al mal y la mentira. Tal vez no exista tal cosa y, del mismo modo que sucede con la electricidad, tanto el polo positivo como el negativo sean necesarios y ninguno deba superar, en ninguna resolución final, al otro. En última instancia, podría ser que hablar de decadencias y tiempos de esplendor no fuera más que un modo de expresar nuestra subjetividad sobre aquello que nos gusta o nos disgusta.

— Y si fuese posible determinar esas épocas de decadencia ¿cuál sería entonces su relación con otras esferas culturales, como la sociedad, la política o el arte?

Volviendo a pensar como occidentales, que finalmente es de donde procedemos, podría darte una respuesta para cada esfera. En cuanto a la sociedad en general, creo sinceramente que hemos cambiado más en la forma que en el fondo, en el caparazón que en el fruto, y que por lo tanto, algo de decadentes siempre han tenido casi todas las organizaciones sociales, tal vez, como decía antes, debido a la alta dosis de decadencia que hay en nuestro ser como seres humanos. En cuanto a la política ̶ que es de lo que menos me gusta hablar, no porque no me interese, sino por un odio ya visceral a todo el que la practica ̶ más que decadencia lo que se muestra diáfanamente es una desfachatez solo explicable precisamente por la decadencia de nosotros como seres humanos y por la alta capacidad que tenemos de seguir “cargando con la cruz”. Como suelo decir: únicamente le votaría a un político que no se presentase como candidato a nada. Por eso es que no ejerzo el voto. Todo aquel que desea un cargo político ya está viciado de origen, pues persigue un interés privado o de grupo. Y finalmente, en cuanto a la esfera del arte ̶ que es probablemente lo que más me interesa ̶ creo que somos un poco, cómo decirlo, “malos contemporáneos”.

Criticamos todo lo actual, sobre todo aquellos que pasamos de los cuarenta, desde la premisa de que “todo lo que se creó en el pasado fue mejor” y por lo tanto, vivimos en un periodo de decadencia creativa. Así, sostenemos que Black Sabbath ̶la banda británica de heavy metal ̶ (ya no digamos Federico Chopin) es mejor que los grupos actuales, así como que el cine de Luchino Visconti, de Michelangelo Antonioni o de Robert Bresson tenían un alto contenido filosófico y actualmente solo nos ofrecen productos light, decimos que no se puede comparar la pintura del Caravaggio con las frivolidades que se pintan actualmente, y ya no hablemos de las efímeras instalaciones que muchas veces no sobreviven al coctel de inauguración...

Como sucede con todo, actualmente se producen obras buenas y obras malas, e incluso me atrevería a decir que lo meritorio de producir actualmente una buena obra es mayúsculo, dadas las cumbres creativas que ya se alcanzaron en el pasado. Por eso deberíamos ser menos crueles con nuestros contemporáneos.

— ¿Tres esferas que se tocan?

En suma, y para formar del trío separado una tríada más o menos unida, podríamos decir que la inoperancia política no nos sacará de la decadencia social en la que vivimos. Esa esperanza es absolutamente vana, y el alto índice de no participación en las elecciones a lo largo del mundo demuestra que, como ciudadanos, sabemos que no sucederá. Por ello es que quizás otro modo de organizarnos para salir de la decadencia esté precisamente en las manos de nosotros como sociedad, y en el caso de que así sea, no habría que echar en “saco roto” las posibilidades que el arte y nuestras facultades creativas nos brindan para tal cometido.

 

 

Francisco Fernández Defez

Estudió su licenciatura en Filosofía en España y posteriormente la maestría en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) con una tesis sobre el concepto de religión en Wittgenstein y una comparación del Tractatus logico philosophicus y el Daodejing. Actualmente, es doctorando en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de UNAM con una tesis sobre el lenguaje en el taoísmo filosófico clásico chino, concretamente en el pensamiento de Zhuangzi. Ha colaborado con la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de México como tutor en su Bachillerato Digital y como creador de contenidos de las asignaturas Amantes del conocimiento y El arte: diario oculto del mundo

Como profesor ha impartido cursos de Ética en la licenciatura en filosofía en la FFyL de la UNAM desde 2013 hasta la fecha, así como cursos de Estética, Filosofía del arte y la cultura y Sociología del arte en la licenciatura de Arte y Patrimonio Cultural en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) desde 2012 hasta 2016. Asimismo, ha impartido cursos de Teoría del conocimiento y Filosofía del lenguaje, en la licenciatura en filosofía de la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ) entre 2006-2017.

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