Genealogía del amor heterosexual

Genealogía del amor heterosexual

Karen Andrea G. Ceballos

Quiero tomar como pretexto para esta exposición dos suposiciones: la primera, la denuncia que hace Monique Wittig y algunos movimientos feministas con respecto a la heteronormalización de la sexualidad y las prácticas desprendidas de los discursos ordenadores con respecto al género a partir del capitalismo[1]; en segundo lugar, un señalamiento que se ha hecho con respecto a los manuales de amor cortés medievales (El libro del buen amor[2] y El tratado del amor cortés[3]) como instrumentos heteronormativos. Ambas declaraciones me han obligado a hacer una breve genealogía de la heteroxesualidad, con el fin de demostrar, por una parte, que la heterosexualidad no es contractual como denuncia Wittig, sino anterior al régimen moderno y, por otra, efectivamente poder argumentar que es con la literatura amorosa medieval que se institucionaliza la heterosexualidad. 



Al parecer, hay un consenso entre los historiadores de la sexualidad sobre el hecho de que la forma de establecer relaciones en las culturas antiguas fue siempre homosocial. Esto implica que los vínculos sociales se daban entre personas del mismo rango social o del mismo sexo. Buena parte del trabajo realizado por John Boswell está dedicado a investigar este tipo de relaciones (en especial matrimoniales y de prácticas sexuales permitidas inclusive por la iglesia)[4].

El matrimonio en el mundo latino funcionó primero como una institución exclusiva de los hombres libres, que después fue concedida también a los esclavos (s. III) y se realizaba como un acto privado; se daba por sentado cuando había el intercambio de una dote, o un gasto considerable por parte del cónyuge o si a la concubina se le decía esposa. Estas uniones buscaban principalmente asegurar un enriquecimiento honorable, un sucesor y el cuerpo cívico (ciudadanos).[5]

A la par de éstas, se dieron otras uniones bajo el título de “hermandad”, que funcionaban también como una especie de matrimonio entre hombres, pues en ellas se estipulaba una asociación de bienes mancomunados. Al respecto se sabe que las relaciones entre hombres eran de cuatro tipos: 1) esclavos, 2) prestadores de servicios (incluídos sexuales), 3) amigos y 4) amante; este último tipo de relación (ahora conocida como homosexual), aunque no en todos los casos, era el que primaba en estas uniones que se celebraban de la misma manera que un matrimonio: con un par de testigos y vino ⏤ mismo ritual que se mantuvo hasta el siglo XII, inclusive realizado por las autoridades católicas, pues se ha documentado que es algo que en los albores del cristianismo fue adoptado de las costumbre paganas. Cabe destacar que dicho consenso era dado únicamente entre iguales (hombres que tuvieran ya una esposa y cierto nivel socioeconómico).

La homosexualidad comenzó a ser condenada en primera instancia por cuestiones políticas a partir del siglo VI en el Imperio Romano Oriental, en segundo término, y solamente hasta el siglo XII, por cuestiones religiosas, a partir de que el matrimonio y el amor o las prácticas amorosas no sólo tuvieron una implicación jurídica, sino también religiosa. Recordemos que fue en ese tiempo en que se empezó a castigar la sodomía, es decir, todo acto sexual contra natura (sexo anal, lesbianismo, homosexualidad, el sexo por placer, etc.).

No obstante, algunos historiadores concuerdan en que la Edad Media fue bastante tolerante con las prácticas homosexuales, lésbicas y bisexuales, aun entre musulmanes y judíos. Prueba de ello es que posibilitó, por ejemplo, la producción de numerosa poesía homoerótica hispanoárabe e hispanohebrea, así como El libro del buen amor, que actualmente es leído como una defensa del placer sexual u amoroso heterosexual, ya que en el medioevo no había distinción tan tajante entre sexo y amor.[6] Por esto mismo, está documentado que ser hombre y prostituirse, en este caso en la península ibérica, aseguraba una ganancia considerable en comparación con las prostitutas que en su mayoría tenían como clientela a los campesinos.

A la par de estas manifestaciones, y en consonancia con la creciente preocupación cristiana por regular la sexualidad y sus prácticas, se empezaron a producir manuales de amor que rescataban, sobre todo, uno de los primeros textos de la literatura amorosa heterosexual: El arte de amar de Ovidio. Esto se ve reflejado en el manual de Andrés el Capellán, en el que expresamente se dice qué es el amor, cómo surge, entre quiénes se da, cuáles son las condiciones “naturales” del amor y también se encuentran algunas recomendaciones para mantenerlo. Tan sólo el párrafo que inaugura el segundo capítulo reza de la siguiente forma: Primeramente se debe notar que el amor no puede existir sino entre personas de sexo contrario. Es imposible que se dé entre dos hombres o dos mujeres, pues es obvio que dos del mismo sexo no están capacitados para reciprocar los intercambios del amor y para realizar los actos que le son naturales. El amor se avergüenza de todo lo que le prohíbe la naturaleza.[7]

Con este manual, el amor quedó restringido por una serie de condiciones económicas, sociales, físicas, etarias e intelectuales que debía cumplir el sujeto.[8] El tratado del amor cortés no sólo instituyó las reglas del cortejo -mismas que han sido replicadas por casi toda la producción literaria amorosa posterior al siglo XI- sino que ha servido como marco referencial aun de las relaciones amorosas que deberían de escapar al discurso. Las reglas del amor heterosexual han pasado a determinar las relaciones homosexuales, bisexuales, lésbicas[9], transgénero y demás. Por último, quiero que tengamos en mente, por una parte, los principios que Locke señala como necesarios de la sociedad conyugal y su importancia para la sociedad civil (del contrato)[10] y por otra, aquella investigación desarrollada por Silvia Federici en la que se establece una relación entre este matrimonio natural y la imperiosa necesidad en los albores de la modernidad de producción de individuos para satisfacer los roles de trabajador y consumidor[11]; no nos extrañe, entonces, encontrarnos con estas denuncias que relacionan tajantemente la heterosexualidad como una institución más de la modernidad y con algunos términos tales como el Contrato heterosexual o el Hetero Capitalismo Mundial Integrado . Con esto quise defender que el amor cortés fue quizá la piedra angular de lo que ahora podríamos llamar heteronormatividad, que es anterior al contractualismo moderno y, sin embargo, fue también una herramienta para instaurar el régimen capitalista, o como usted, lector, prefiera llamarle.

Notas
● [1] Wittig, Monique, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2006.
● [2] Eisenberg, Daniel, El buen amor heterosexual, Los territorios literarios de la historia del placer. I Coloquio de Erótica Hispana Madrid: Libertarias, 1996 [pero 1997], 49-69.
● [3] Andrés El Capellán, Tratado del amor cortés, Porrúa, México, 1992.
● [4] Boswell, John, Same-sex unión in premodern Europe, Random House, Nueva York, 1994.
● [5] Veyne, Paul, “El imperio romano”, Historia de la vida privada, Taurus, Madrid, 1998.
● [6] Eisenberg, Daniel, El buen amor heterosexual, Op. Cit.
● [7] Andrés El Capellán, Tratado del amor cortés, Op. Cit., p. 11.
● [8] Al respecto Charles Fourier intenta problematizar las restricciones con respecto a la edad, el sexo, los sentimientos, condiciones laborales, sociales, económicas y la cantidad de sujetos involucrados en el placer amoroso en El nuevo mundo amoroso, que a mi parecer es un antecedente importante de las nuevas éticas amatorias y prácticas sexuales propuestas por movimientos feministas y queer. Puede consultarse el siguiente link: http://www.scribd.com/doc/104422336/Etica-amatoria-del-deseo-libertario-y-las-afectaciones-libres-y-alegres
● [9] Importantes movimientos lésbico-feministas y queer han señalado el hecho de que el lesbianismo fuera del retrato idílico que han hecho autores como Baudelaire no tenga aceptación alguna, dado que no se restringe a las normas impuestas por lo heterosexual. Al respecto puede consultarse el Manifiesto Contrasexual y Foucault para encapuchadas.
● [10] §78 y 79, capítulo 7 del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil. En los que se determina el matrimonio heterosexual por naturaleza como una institución que tiene como fin único la procreación y manutención (hasta cierta edad) de individuos.
● [11] Cfr. Federici, Silvia, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de sueños, 2010.

 

Referencias

● Andrés El Capellán, Tratado del amor cortés, Porrúa, México, 1992 Boswell, John, Same-sex unión in premodern Europe, Random House, Nueva York, 1994
● Eisenberg, Daniel, El buen amor heterosexual, Los territorios literarios de la historia del placer. I Coloquio de Erótica Hispana Madrid: Libertarias, 1996 [pero 1997], 49-69
● Federici, Silvia, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de sueños, 2010
● Fourier, Charles, El nuevo mundo amoroso, Madrid, Fundamentos, 1975
● Locke, John, Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, Madrid, Alianza, 2004
● Ludditas Sexxxuales, Ética amatoria del deseo libertario y las afectaciones libres y alegres, Buenos Aires, Milena Caserola, 2012 Disponible en: https://es.scribd.com/doc/104422336/Etica-amatoria-del-deseo-libertario-y-las-afectaciones-libres-y-alegres
● Manada de Lobxs, Foucault para encapuchadas, Buenos Aires, Milena Caserola, 2014 Disponible en: https://es.scribd.com/doc/233855503/Foucault-Para-Encapuchadas
● Ovidio, El arte de amar, México, Océano, 2002
● Preciado, Beatriz, Manifiesto contrasexual, Madrid, Opera Prima, 2002
● Veyne, Paul, “El imperio romano”, Historia de la vida privada, Taurus, Madrid, 1998
● Wittig, Monique, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Madrid, 2006

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