Recuerdos del hombre. Por aquel que paga la condena

Fernando Ballesteros Garza.
Gastrónomo.

Mis pies se confunden con la arena. Cada paso que doy me hunde más en esta tierra, como si fuera una especie de duna perdida en la inmensidad del desierto. Sigo caminando, buscando lo que perdí. Día, noche, soles y lunas, todo transcurre de manera tan monótona. Una sombra que se asemeja a un hombre vagando por la eternidad. Memoria, recuerdos, imágenes, el viento acaba con todo como si fuera polvo. ¿Cómo encontrar aquellos pedazos? ¿Cómo reconstruir mi pasado? Es por eso que estoy aquí, aferrado a no olvidar.

El tiempo no existe, es solo un nombre que damos al cambio. ¿Y qué cambió? Me pregunto cómo todo desapareció, cómo todo acabó. El miedo más grande del hombre, la soledad. Heme aquí, premio, castigo, no sé. Las fauces del infierno, el vientre del cielo, me rindo. Sujeto a la carencia, al desahogo, a la desdicha. De rodillas frente a una fuerza mucho más grande que yo. Una fuerza sobrehumana que me arrebata de mi propio ser. Despojándome del contacto, desaparecieron los hombres, las bestias, las plantas. No hay nada, nada más que buscar.

El interior de mi cuerpo arde cuando sale el sol y se congela cuando aparece la luna. Polaridad que me da energía para seguir caminando. La comunicación se ha perdido, nadie con quien hablar, una sonrisa, una mirada, extintas. No entiendo porque no he caído al suelo, una súplica de muerte. Sofocado por mi propia voz, que nadie nunca escuchará.

Momentos de lucidez en los que mi mente comienza a recordar. Aquellas historias, aquellos momentos, aquellas palabras. Ocurre solo cuando duermo, cuando me hundo por completo en esta tierra, convirtiéndome en ella. Solo así puedo soñar. Escuchar la voz de los que alguna vez vivieron. Ver otros colores, escuchar otros sonidos.

Texturas, olores, sabores, sentidos tan distantes cuando abro los ojos y tan cercanos cuando los cierro. Un mundo nuevo cobra vida como si la arena se apiadara de mí por momentos, regalándome una eternidad de vasto conocimiento, narrando todas las experiencias que ha vivido. Recordando momentos fértiles, donde las almas se comunicaban, hablaban entre ellas. Hombre, tierra, uno solo. Es esta realidad la que me mantiene con vida, me mantiene en movimiento, con la esperanza de encontrar aquella armonía, aquel perfecto equilibrio que alguna vez existió.

Sigo preguntándome por qué, cómo es que la relación dejó de existir. Despojando al hombre del sustento. Despojándolo de sus virtudes, de su alma, de su naturaleza. Completo abandono del recuerdo, de la comunicación, del conocimiento. La vida misma desaparece. Condenado a caminar por siempre bajo su propia sombra. Fueron sus acciones las que lo llevaron a esto, alejándolo de la tierra que lo alimentó, que nutrió su cuerpo y su alma, su espíritu. Aislándolo por completo de quien lo vio nacer. Soy yo quien paga por mi raza, quien cumple la condena. Dos entes aislados, que nada tienen que ver. Y sólo a través del recuerdo pueden hablar el uno con el otro. Hombre y tierra, uno solo.


Cítanos.

Ballesteros Garza, Fernando, “Recuerdos del hombre. Por aquel que paga la condena”, Claustronomía. Revista gastronómica digital, Universidad del Claustro de Sor Juana, México, D.F., 2016, <www.claustronomía.mx>.